
El congrezoo peruano esta plagado de ratas corruptas, de ovejas con sumisión convenidas, de parásitos inmovilizados por lucros futuros, de puercos engolosinados por cierto poder coyuntural, de agerridos "luchadores sociales" que a la hora de las grandes definiciones se convierten en angurrientos mamíferos de cuatro patas y pocas luces. Y, siempre vemos a los búfalos de ayer con sus pezuñas demagógicas y sus bufidos de doble moral y doble discurso; a los otorongos comechados y a los camaleones que generación tras generación aparecen como luciérnagas revoloteando tras un brillo metálico-monetario.
Aquí reproducimos el articulo de Alvarez Rodrich aparecido en La República de hoy.
El quilombo parlamentario
Oiga usted, qué tales partidos tenemos, ¿no?
Al margen del sentido de la sesión en que no se alcanzó los votos para censurar a los ministros Yehude Simon y Mercedes Cabanillas, esa fue otra confirmación de que si algo falta en el Perú es partidos políticos y que nos sobran, en cambio, entidades que administran la política para el beneficio particular.
A diferencia de la disciplina de la bancada aprista, en la que luego de un debate interno todos sus miembros votan según lo acordado, en el resto de agrupaciones abundan los que no se sienten parte de un colectivo pues entienden su partido como plataforma a usar según propio criterio y beneficio personal.
Eso marca la diferencia de peso específico de cada partido. Los que deciden de manera colectiva son influyentes. Los otros, en cambio, es decir aquellos en que cada integrante vota como le da la gana, son la delicia de los primeros.
No de otra manera se entiende que congresistas que se jactan de ser ‘opositores’ al final se troncharan para votar por la salvación de ministros que sus partidos supuestamente pretendían censurar.
Por ejemplo, Karina Beteta, Carlos Cánepa, Aldo Estrada y José Vega (de UPP) se abstuvieron de censurar a Simon y Cabanillas al igual que Antonio León de Bloque Popular y David Waisman de Perú Posible. Otros, como Lourdes Alcorta (UN) y Rolando Reátegui (fujimorismo) solicitaron licencia, mientras que Rosa Venegas (Coordinadora Democrática) participó en las cuatro horas de debate pero se ausentó al momento de la votación. Por su parte, Álvaro Gutiérrez y Gustavo Espinoza votaron abiertamente en contra de la censura, pero ambos andan desde hace tiempo en cosas más raras que explican sus raras votaciones.
Algunas votaciones requieren, por su naturaleza, darles libertad a los congresistas para votar según criterio propio, como las de asuntos religiosos o de índole parecida. Pero el resto de votaciones, como las de carácter político –y nada más político que una interpelación–, exigen unidad de acción.
Lo peor y más vergonzoso de todo es que estas disidencias tan frecuentes entre los parlamentarios no se explican, en la mayoría de los casos, por razones de orientación política o de un concienzudo análisis costo/beneficio social, sino, para decirlo de un modo claro y directo, de cuchipandas, prebendas, viajes a Roma como los que organiza el congresista Gutiérrez, y toda clase de fritanga particular.
Este fenómeno debilita profundamente a los partidos políticos y a la democracia, y constituye otra expresión más de la profunda corrupción y mediocridad de nuestro Congreso. Que no se quejen, después, de que la gente desprecie a sus integrantes.
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